Había una vez un cepillo que llegaba a todos los rincones. Era un cepillo muy deseado por las amas de casa y empleadas del hogar. Estaba en busca y captura. La asociación internacional de trabajadoras sin renumeración en tareas domésticas había contratado a un detective para su pronta localización. Miles de millones de rincones estaban sufriendo una agonía porque la ciencia no había conseguido aún eliminar esa última pelusilla que siempre quedaba. Por más que se pasase el cepillo, lo único que se conseguí era golpear la pared.
Pero llegó el día en que el cepillo que barría todos los rincones no lo soportó más. El estrés de estar siempre perseguido le había desarrollado una esquizofrenia permanente agravada por un síndrome de culpabilidad remota. Había decidido entregarse. Así que se presentó en la puerta del hotel donde se alojaba el detective. Éste lo detuvo, lo metió en el coche y se dirigió a entregarlo a aquellas personas que estaban buscandolo. Pero para sorpresa del cepillo, No fue a la asociación de Amas de casa. Fue a un sitio diferente. Cuando llegaron les recibieron en un castillo remoto a donde fue conducido a una mazmorra, donde sigue encadenado para que no pueda mostrar al mundo su secretos. Nunca llegará a saber que sus captores fueron el gremio de fabricantes de fregonas.
Ah, por cierto, la mazmorra era redonda por lo que nunca pudo poner en práctica su talento.
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