Me sabes a rosas tatuadas
en mi piel,
a nata fresca, azucarada,
a hierbabuena;
pero luego en tu sabor,
te vas agriando
y las gárgaras de ácido
me queman más al probarte.
Me sabes a dulzura contenida,
a fuego helado, a escalofríos de ventisca
sobre las palmas de mis manos.
Y al probarte entre mis labios,
en las noches concupiscentes,
confidentes,
compañeras,
se va formando un sabor agridulce
a desesperanza
que nunca llega a saciarme.
Me sabes a sal
y a mil millones de sabores salados
que me queman.
Me sabes a dolor profundo
y, a veces,
las lágrimas nocturnas de mi almohada
también me saben a ti.
dulcemente mortal.
ResponderEliminar